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sábado, 26 de diciembre de 2020
Punta Negra, Uruguay (Foto propia LM)
"La voglia di soffiare via le nuvole dal tuo cielo che da un po' di tempo è scuro. La forza di far scivolare via la tristezza che ti ostini a tenere per mano. Gli abbracci li porto io per quando avremo freddo." (Andrew Faber)
"Las ganas de alejar con un soplido las nubes de tu cielo que desde hace un tiempo está oscuro. La fuerza para hacer que sueltes la tristeza que te obstinás en llevar de la mano. Los abrazos los llevo yo para cuando tengamos frío." (autor Andrew Faber, traducción Leonora Madalena)
Alguna información acerca de este joven poeta italiano:
Hay cosas que no podemos cambiar. Otras, sí. Brindo para que desde nuestra pequeña gran parte del universo, y todes juntes, hagamos que el 2021 sea mejor que el 2020. ¡Salud! 🍷
3:39 AM: Se me ocurrió una idea para el blog: ¡aleluya! No
la voy a dejar escapar. Prendo la luz y cazo la notebook. Ella me recibe con una
imagen que reconozco y un mensaje que dice algo así como “si el camino más
corto es la línea recta, ¿por qué elegir la curva?” Se parece un poco a mi
manera de pensar: difícilmente voy de A a B y chau. Para ir de A a B es
frecuente que dé alguna vuelta… En consecuencia, cuando hablo o cuando escribo,
también. Mi familia a veces me critica por eso y mis lectoras/es (ustedes ahora)
me padecen: me disculpo.
Ah, sí, ya se me estaba por escapar mi idea para esta
entrada del blog: lenguaje claro =
derecho ciudadano. En realidad eran dos ideas, la otra era la siguiente: la sociedad actual es gerontofóbica.
Veremos cómo me las ingenio para unir las ideas en algo más o menos coherente.
La manera más corta, en línea recta, es decir, lo que une a
ambos temas es la idea de “derecho”,
el derecho a entender, a saber, para poder actuar y moverse en el mundo actual.
Lo de “ciudadano” debe entenderse justamente como sujeto de derechos y deberes
en una comunidad, enmarcado en un concepto bien amplio de ciudadanía, o sea, en
tanto y en cuanto se es ciudadana/o del mundo, habitante de este planeta.
Justamente como habitantes del planeta recibimos todo el
tiempo enormes cantidades de textos orales y escritos con información. Muchas
veces se trata de textos escritos que nos interpelan para que interactuemos,
como formularios en las apps, por ejemplo, en los que tenemos que llenar campos para seguir avanzando en una operación
cualquiera.
Ayer, sin ir más lejos, tuve que hacer varios trámites
(obviamente online, estamos en pandemia…) y me pasé un buen rato “conversando”
con formularios interactivos para sacar distintos turnos. En algunos casos el
formulario me pedía tantas informaciones para poder avanzar que al final me
obligaba a “mentirle” y poner cualquier cosa cuando no tenía el dato que
faltaba.
En otros casos, mi situación no entraba en ninguna de las
categorías previstas (¡Ay, ay, ay! Esa maldita costumbre del pensamiento
occidental de reducir todo a categorías, desde Linneo…). Y recurrir al chat
para solicitar asistencia es absolutamente inútil.
[El chat automático es una burla para la inteligencia
humana: las respuestas previstas nunca
contestaron mis preguntas y vuelven siempre, empecinadamente, a
repetirme información inútil. Eso no es un chat, o conversación: es
un insulto.]
Otro caso: el banco me sugiere desde hace meses que me pase
al token. Ya me la veo venir: están por eliminar la tarjeta de coordenadas. OK,
OK. No es que estuviera enamorada del plástico, pero odio que me obliguen a
depender cada vez más de un celular: ¡un celular!, ¡un aparatito de morondanga!
¿Y si no tuviera celular? ¿No existiría? Por favor, no me contesten.
Ya tenía descargada la app del banco y alguna vez la había usado,
aunque prefiero la compu, para no gastar mis cansados ojitos defectuosos
(miopía, astigmatismo y… presbicia). Como hacía tiempo que no entraba en la
app, la tuve que actualizar. OK. Ya está. Después pasé por el cajero y retiré
el ticket con el “código de asociación”. Volví a casa y lo metí en el aparatito
de morondanga con la clave nueva (otro capítulo para la tragitelenovela: las
claves).
Íbamos bien y entré en la app con el token (¡Oh, my God! No
soporto más hablar así…). Intenté operar para probarla. Chácate: no pude
escribir la cifra, no me aparece el teclado. ¿Cómo c….. escribo la cifra?
¡xhsdbfoxdvnbjfjfiteiesjdjikbkc!!!
Igual, hace como dos semanas que tengo un turno en el banco
por otra cosa que solo se puede resolver de manera presencial, así que iré con
mi cachivache electrónico, mi apéndice obligado, a ver si algún ser humano me
ayuda a resolver el problema.
Entonces pienso: ¿cómo corno haría/hará una anciana sola o
un anciano solo para moverse en este mundo? ¿Cómo hace con los formularios
interactivos? ¿Cómo hace con las apps del celu? ¿Y si no tiene un smartphone?
¿No puede hacer una transferencia bancaria, por ejemplo?
Conclusión: los bancos son gerontofóbicos. Ergo, si nuestras
sociedades les permiten a los bancos que sean gerontofóbicos, nuestras
sociedades son gerontofóbicas.
¿Y lo del lenguaje
claro como derecho ciudadano? ¿Qué tiene que ver? Tiene, tiene. Todos los
formularios y las apps deberían estar escritos de una manera
ultrarecontramegaclara para que cualquier persona pudiera entenderlos. Todos
los textos que provienen de instituciones públicas y de empresas privadas
deberían ser superultraclaros y, en lo posible, no contener errores de lengua.
Sin embargo, ¿no les ha pasado que leen cualquier texto y
piensan “¡¿qué quiere decir esto?!”? Yo a veces tengo que volver a leer la
misma oración varias veces, mientras crecen en mí la perplejidad y la
impotencia. No está bueno. A veces es causa de insomnio,
ejem...
Para mí la cosa es así: si me vas a obligar a interactuar, tengo que
poder entender lo que me decís. Es un principio básico de la comunicación: como
destinataria del mensaje tengo que poder entenderlo ¿está claro? ¿ESTÁ CLARO???
Porque si no está claro, si el lenguaje no es claro, estás
atentando contra mi derecho a
entender para poder actuar. Esa segunda persona a la que me dirijo engloba a
todos los seres animados que están
detrás de todos los mensajes y textos que recibo como ciudadana, consumidora y
usuaria todos los días. Esa segunda persona son los creadores de contenido, los
publicistas, los dirigentes, los decisores, los diagramadores, los diseñadores,
los programadores, los gerentes y aínda mais. Y uso el masculino genérico a
propósito, porque en las instancias decisionales todavía la mayoría son
hombres.
⭐
Por
todo esto
y mucho más,
hago un “llamado a la acción”:
¡Exijamos ENTENDER!
¡Exijamos un LENGUAJE
CLARO!
Defendamos, además, el derecho de nuestras viejas o viejos a HABLAR con
alguien para resolver un problema.
Defendamos también el derecho a vivir en este planeta sin celular.
Miren que todes vamos a ser viejes, si llegamos. Y si no hacemos nada
ahora, la vamos a pasar muy mal cuando nos toque.
APÉNDICE: Hablemos
claro: ¡menos mal que se está terminando este año podrido! Festejemos que
se termina 👏👏👏. En mi cartita para Papá Noel voy a pedirle que el 2021 traiga menos
virus, más justicia social y de género, y, last
but not least, más lenguaje claro 😉
BONUS TRACK 1 (porque sí nomás):
https://youtu.be/pkrBuW8TKGg El tango “Nostalgia”
en la voz de la canaria Concha Buika, con orígenes ecuatoguineanos. ¿Sabían que
en Guinea Ecuatorial también se habla español?
BONUS TRACK 2 (perché mi piace): https://vimeo.com/207932717 Un tangazo
de Piazzolla en la voz de Mina, en vivo, en 1972.
Petrona Viera, foto propia LM, tomada en la exposición del Museo de Bellas Artes de Montevideo, 2020
La celebración del mes de la traducción esta vez será sin
juntadas físicas entre colegas, en medio de esta situación tan
surrealista a la que ya nos hemos ido acostumbrando, más o menos.
Es el mes de la traducción porque
el 30 de setiembre —como decimos en Uruguay, o septiembre, como se llama este
mes en otras áreas hispanohablantes— se conmemora el día de quienes nos
dedicamos a esta fantástica actividad. No voy a hacer el cuento de San Gerónimo y blabla porque no viene al caso.
Para celebrar la traducción, en este
año tan atípico, se me ocurrió resaltar esas antenitas paradas que tenemos las traductoras (sorry, men: somos mayoría, así que uso el femenino genérico) para detectar cambios y alteraciones en las lenguas, esos oídos 👂aguzados
para captar inflexiones y matices,
ese olfato 👃 fino para percibir intenciones
y connotaciones, y ese tacto sutil que desarrollamos para tratar a las lenguas con respeto y amor 💛.
Como observadora
de los vericuetos de las lenguas (obse, o nerd, bah) últimamente noté algunos rasgos de sexismo en las
lenguas que habito y me habitan, por lo tanto, en los hábitos de pensamiento de las personas que las hablamos. Porque atrás de las palabras hay maneras de pensar que ni nos damos cuenta que tenemos.
Y aquí va la anécdota de algo que
me pasó este año en una clase de español para extranjeres.
Cuando todavía había clases
presenciales, poco antes de la pandemia, les propuse a mis estudiantes universitaries italianes un conocido juego. Tenían que elegir un personaje real o de
ficción, de cualquier género y época, y escribirlo en un papelito. Recogí los papelitos, los mezclé y le entregué uno a cada estudiante, que se lo
tenía que pegar en la frente sin mirar lo que estaba escrito, de manera tal que solo los demás pudieran leerlo. Cada estudiante tenía que tratar de adivinar su
propio personaje haciendo preguntas hasta que le respondieran “no”; en ese
momento quien estaba a su lado empezaba su turno de preguntas.
El grupo era mixto y parejo, mitad
chicas y mitad chicos, pero los personajes elegidos fueron todos de género
masculino, salvo Bob Esponja, que no se sabe bien a qué género pertenece (o por
lo menos hay interpretaciones acerca de la indefinición genérica del personaje
en términos binarios).
Habían elegido los siguientes
personajes: el Papa Francisco, un par de políticos italianos: Luigi Di Maio y Silvio
Berlusconi, Bob Esponja, King Kong, un profesor de les estudiantes durante ese
semestre, Maradona y Cristiano Ronaldo.
Cuando me di cuenta de que los personajes que habían elegido eran hombres ♂ (+ Bob Esponja), me quedé
pensando 🤔.
Hacía poco, en mis vacaciones de
verano, había jugado con mi hija y unos amigos a ese juego. Recordé que yo había
tratado de elegir personajes femeninos, pero me había
costado bastante, sobre todo si, además, quería seleccionar una mujer del pasado, que no fuera de Europa o Estados
Unidos, digamos sudamericana. Si elegía a una poeta, por ejemplo, seguramente no sería tan
famosa fuera de las fronteras y tal vez (y solo tal vez) fuera conocida en su propio país por alguna calle con su nombre. Con pintoras, médicas o maestras pasaría lo mismo. ¿Nunca les pasó?
En nuestros jóvenes países
sudamericanos hay calles y plazas con nombres de un montón de militares, presidentes o ministros, poquísimos científicos, y menos docentes, aunque sean
hombres. Ahí se agrega otro factor al combo: la profesión.
Cuando hacía poco que vivía en
Buenos Aires, un día me tomé un subte que pasó por una estación que se llamaba
“Mtro. Carranza”. Ingenuamente pensé con un poco de envidia uruguaya: “¡Qué
evolucionados y progresistas los argentinos! Reconocen la labor de un maestro dándole
su nombre a una estación de subte”. Estaba equivocada, “mtro.” es la abreviatura
de “ministro” y no de “maestro” (¡gran decepción!). Es más, dudo que haya alguna estación que
lleve el nombre de un maestro y mucho menos de una maestra.
Si agregamos otro filtro, como
el color de piel oscuro, no hay que molestarse en buscar personajes históricos famosos,
tampoco ahora hay tantos que ocupen cargos de poder en cualquier
ámbito: CEO de empresa importante, ministro, director de medio de prensa, etc. Ni
que hablar de la combinación mujer y color-de-piel-oscuro. La combinación de
varios de esos filtros, como género, proveniencia, profesión y color de piel, es un cóctel que no falla.
En mi casa circulaba un chiste.
Si había un personaje de ficción desgraciado y perseguido por ser negro, por
ejemplo, u homosexual, se decía “lo único que le faltaba era ser judío y
comunista”. Si sabemos leer con atención, las
toponimias y los chistes dicen mucho más de lo que creemos sobre nuestras
sociedades.
Pero las sociedades, como las personas y las lenguas, están cambiando todo
el tiempo. Y quienes trabajamos con las lenguas tenemos que prestar
atención a esos cambios permanentes (¡qué oxímoron maravilloso!).
Hace unos diez años, cuando vivía
en Italia, me eligieron concejal en las elecciones municipales y el intendente
me nombró algo así como “directora del departamento escolar”. Quienes asumíamos
los nuevos cargos teníamos que hacernos las tarjetitas personales y cuando me
pidieron que escribiera mi nombre y el texto que iría debajo, yo puse
“assessore alla scuola”, era lo que me parecía haber visto y escuchado, aunque ese cargo lo ocupara una mujer. Claro que dudé, ¿será “assessore” o “assessora”? Pregunté a algunos nativos italianos y confirmé “assessore”. Esa decisión fue el resultado
de mi complejo de inferioridad por ser
mujer-inmigrante-extracomunitaria-del-tercer-mundo-etc. Hoy no habría dudado en
poner “assessora”.
Con relación a este tema, una
alumna hace poco me mandó este link a una charla TED de la lingüista Vera
Gheno: Il potere delle parole giuste (dura unos 16 minutos).
Después de eso, una amiga que tiene un club de lectura me preguntó si no tenía cuentos en español de escritoras o
escritores de países y lenguas distantes, “qué se yo, iraníes…”, me dijo. Le
contesté: “No sabe cuánto lamento no poder darle
indicaciones de cuentos del universo que hay más allá de la hegemonía, porque
justamente por eso, por estar en las periferias del eje, no se conocen (o por
lo menos yo no los conozco). Lamento defraudarla: es mucho más lo que desconozco y me gustaría conocer que lo que conozco porque es lo que encuentro en la vuelta."
Es que con frecuencia solo vemos lo que está en el centro, no lo que está en el margen; a menudo les negres, les indies, les que provienen de otros países marginales como el nuestro y no de EE. UU. o Europa, las mujeres, etc., son invisibles y también son invisibilizades por nuestra lengua y nuestros hábitos de pensamiento colonizados.
Por eso hoy y siempre celebro la traducción.
Auguro mucha más traducción, de muchas más lenguas y no solo de las
hegemónicas. Celebro cada día mi actividad profesional en la dirección del respeto y la valoración de todas las diversidades. Y agradezco la enorme fortuna de haber podido entrar en otros mundos a través de otras lenguas.
¡Feliz día! ¡Feliz mes! ¡Feliz
fiesta de la traducción! 🍷🎉🌈
Hoy voy a contar algo de mi experiencia como
profesora de español para extranjeros y divagar acerca del valor de una buena puteada.
Me encanta compartir un poquito de Borges con mis estudiantes universitaries
italianes[1].
Cuando empiezan el curso de español,
la mayoría no sabe nada de nada. Tengo que llevarles de un nivel cero, o casi, a un nivel intermedio (B1) en 60 horas, con clases de varias horas por día, al
principio todos los días.
Visita a Palacio San Martín, febrero 2020. Foto propia LM
Claro, no les doy Borges en las primeras
clases, sino cuando ya hace unas semanas que nos conocemos y después de haberles expuesto a materiales auténticos desde el primer día. También les hablo de una de las palabras más importantes para su vida en Buenos Aires: “boludo”. Para entrar en tema suelo mostrarles este videíto de Dustin Luke:
Eso es lo que tienen los cursos tan
intensivos, son muuuy intensos tanto para les estudiantes como para mí. Se genera
una atmósfera, circula una energía, nos divertimos (o al menos eso intento), hay
emociones.
Volviendo a Borges, después de un par de
semanas de clase les doy “La trama”.
La Trama
Jorge Luis Borges
Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de la estatua por lo
impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de
Marco Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: ¡Tú
también, hijo mío! Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.
Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías;
diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho
es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice
con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no
leerlas): ¡Pero, che! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una
escena.
En cada hoja A4 entra tres veces el cuento entero, así que recorto
y reparto. Les aviso que les doy un cuento muy largo de Borges (a esa altura ya conocen
mi gusto por la ironía). Después de haberlo leído, ellos en silencio y yo en voz alta, les digo: “Ahora ya pueden decir que leyeron a Borges en
español”.
Tenemos esa maravilla de dos párrafos, que es
muy significativa para cualquier lectora o lector italiane porque hay una enciclopedia
compartida: la historia de la traición a Julio César, y el archifamoso “Tu quoque, Brute, fili mi?”,que Borges hace viajar de Roma a España con
Quevedo y a Gran Bretaña con Shakespeare, para hacerlo finalmente desembarcar
en la pampa argentina.
Los contenidos
culturales que se disparan en esos dos párrafos son múltiples. Tenemos,
además, el tópico de la historia circular, uno de los ejes borgeanos que más me
fascinan (¡gracias, Osvaldo Beker, profe de literatura del Instituto Mallea!). El
tema se prestaría para escuchar a les chiques filosofar, si el curso no fuera
tan intensivo y tuviéramos más tiempo. Sin embargo no importa: doy por sentado
que una parte del grupo se va a quedar pensando y eso nunca tiene
contraindicaciones.
Uno de los disparadores del cuento es esa
genialidad: “¡Pero, che!”. A esa altura, en el curso ya hablé de la
interjección “che”, del personaje histórico Che Guevara, de películas acerca
del personaje, etc.
,
En la vereda de la esquina de Aráoz y Guatemala, BA. Foto propia LM
Entonces, como quien no quiere la cosa, podemos
intentar resolver el gran desafío de la traducción
de esas dos palabritas. Si tuviéramos más tiempo se desatarían cuestiones que
van mucho más allá de lo estrictamente lingüístico. ¿Cómo traducir emociones? ¿Cómo
lograr un efecto similar en otras lenguas? ¿Cómo encontrar un equivalente que
esté en el mismo nivel, ni más arriba ni más abajo en la escala? ¿Cómo mantener
el tono coloquial sin neutralizar? ¿Qué variedad lingüística elegir en la
lengua de llegada? De cualquier manera, no es tan importante llegar a la mejor traducción, lo más interesante sería pensar en grupo las diferentes soluciones.
A Borges le gustaban los enigmas, decía que eran más interesantes los enigmas que las explicaciones. Un enigma significa que no hay una única respuesta o por lo menos no podemos conocerla. Tanto la docencia como la traducción están llenas de enigmas y en ambas es más interesante el recorrido que la meta.
En la traducción al italiano de las obras
completas de Borges, publicada por Mondadori, se incluye la traducción de
Francesco Tentori Montalto (con autorización de Rizzoli Editore). El traductor opta por “Come, tu!”. El diccionario Treccani propone “Che! ti pare?” http://www.treccani.it/vocabolario/che3/. Otra posibilidad sería “Ehi!” para el
“¡Che!”.
Lo que tienen en común los insultos, los epítetos y las interjecciones es que son una manera saludable de soltar una emoción, de liberarla. Eso afirmaba el profesor Guillermo Badenes (Universidad de Córdoba, Argentina) en una muy entretenida charla virtual a la que asistí el 12 de junio de 2020 acerca de la dificultad para traducir “Insultos, refranes y demás frases
hechas” (tal era el título de la charla).
El profesor Badenes elaboró una clasificación de
epítetos según su intensidad. La lista graduada, en español, colocaba en primer
lugar a los tabúes (vulgaridades, lenguaje de odio hacia algún grupo humano o términos
escatológicos, es decir, referidos a cualquier emanación del cuerpo). Seguían
las obscenidades, referidas a partes del cuerpo, la jerga o el slang, los apelativos, los homofónicos y
los religiosos.
En cada lengua el orden de la clasificación es diferente. Por
ejemplo, en inglés, el orden sería el siguiente: taboo (vulgarity, sexually offensive,
ethnic/sexual/health condition, escatology), obscenity (algo que afecta el
decoro y la moral), blasphemy, profanity, sound-alikes, name-calling y slang.
Como los niveles no se corresponden entre
español e inglés, el nivel de intensidad de blasphemy/profanity es mucho más
grave en inglés que el de los epítetos religiosos en español. Así, OMG (“Oh, my
God!”) es más fuerte que “¡Dios mío!”. Esa expresión en inglés se correspondería
más con el nivel de las obscenidades o la jerga: “mierda”, “carajo”. Pero en la
traducción hay que compensar de alguna manera esa diferencia entre blasphemy y
profanity. Profanity implica la indiferencia o la negación de la religión. Cuando decimos OMG estamos incumpliendo el mandamiento “no usarás el
nombre de Dios en vano”; la blasfemia, en cambio, es un insulto a algo religioso. Un ejemplo
en inglés sería “Fuck in hell!”, y en italiano “Porca Madonna!”.
Badenes contaba que en EE. UU. hay
una línea divisoria muy clara entre lo que es más grave (de blashemy para
arriba en la lista) y lo que es menos grave (de profanity para abajo). Dicho de otra manera,
los insultos que están de blasphemy para arriba en la clasificación, no están
permitidos en la TV, de profanity para abajo, sí. [En el siguiente link se nosilustra acerca de este vital asunto en Gran Bretaña: artículo de The Independent 2016 sobre insultos. El término"watershed", que aparece en el artículo, sería nuestro "horario de protección a la infancia".]
En traducción se trata de buscar categorías
equivalentes, lo que no es nada fácil, porque además de los aspectos semántico y pragmático, cada variedad lingüística tiene una entonación
particular y cada persona tiene su manera de pronunciar, su acento, su cantito individual. El narrador mismo del cuento de Borges señala la insuficiencia de
la palabra escrita: “(esas palabras hay que oírlas, no leerlas)”. [Y ahí podríamos
abrir todo otro capítulo sobre el pícaro uso de ese signo tipográfico auxiliar,
los paréntesis curvos, esas guiñadas de complicidad manejadas con maestría, y
la alusión al Martín Fierro, en la intricada red de intertextualidad típica de
los textos borgeanos.]
Volviendo a mis clases de español, antes de presentarles
a mis estudiantes “La trama”, ya meenfrento
al problema de la entonación. ¿Será mejor que lean el microrrelatoen silencio, individualmente, antes de la
lectura colectiva? ¿O arrancar leyendo yo en voz alta para que presten atención
a la pronunciación y a la entonación? Cuando lo leo en voz alta y llego a esas
dos palabras: “¡Pero, che!”, siento una responsabilidad abrumadora al intentar
darles la entonación adecuada. Por unos segundos prácticamente me tengo que
transformar en una actriz, venciendo mi timidez. Hago lo que puedo; espero que
Georgie, si me escucha desde su infinito laberinto, me tenga piedad.
Todo eso en dos palabritas…
En mi recorrido por la traducción y la docencia descubrí algo: una de las enseñanzas más valoradas por cualquiera que aprenda otra lengua es una buena puteada. Porque no hay nada más sano y reconfortante que poder decir el insulto justo en el momento justo, en cualquier idioma.
[1] Empecé a escribir esta entrada con el masculino genérico: la verdad es que me cuesta
usar la “e” inclusiva... Sin embargo, al releer los primeros dos párrafos recordé
que ya en las primeras clases les hablo sobre la movida de la “e” en Argentina. A mí me cuesta incorporarla, pero cada tanto les digo “chiques” y veo
sonrisas en sus caras, me piden que la use, sobre todo las chicas: son sonrisas
de complicidad y solidaridad. Entonces en honor a esas sonrisas corregí los
primeros párrafos y decidí seguir con la “e”, aunque me cueste y se me critique por tal osadía.
Pedro Figari (Montevideo 1861-1938), Pampa, Museo de Bellas Artes de Buenos Aires
Aquí van los links de los videítos que les mandé a mis exvecinas y exvecinos de Vanzago, con la lectura en español y en italiano del cuento El cautivo, de Borges; más adelante una explicación del contexto de esta lectura: Leonora legge El cautivo de Borges parte 1
Mi pueblo en Italia se llama Vanzago. Tiene alrededor de 9000 habitantes. Está en la Provincia de Milán, en la Lombardía, en una de las zonas que más está sufriendo.
Al poco tiempo de llegar al pueblo, los vanzagueses y las vanzaguesas me "adoptaron" y me propusieron que integrara una lista para las elecciones municipales. Me eligieron "consigliere comunale" (concejala o edila) y después el intendente Roberto Nava me ofreció ser "assessora alla scuola" (algo así como directora del departamento escolar del pequeño municipio). Fue una de las experiencias más interesantes de mi vida y por eso les estaré siempre agradecida; también fue una gran responsabilidad y un gran honor pertenecer a ese equipo humano con gran sentido de comunidad.
Cuando vi en facebook que habían organizado esta iniciativa (Vanzago Coraggio) para llevar entretenimiento a quienes se tienen que quedar en casa, les ofrecí mandarles mi modesta contribución desde este lado del océano (es la primera vez que me filmo, así que estaba medio nerviosa...).
Quería mandarles también todo mi afecto en estas circunstancias complicadas.
Coraggio, Vanzago!
Il mio paese in Italia si chiama Vanzago. Ha circa 9000 abitanti. Si trova nella Provincia di Milano, in Lombardia, in una delle zone piú colpite.
Poco dopo il mio atterraggio nel paese, i vanzaghesi e le vanzaghesi mi "adottarono" e mi proposero di far parte di una list civica per le elezioni comunali. Sono stata eletta consigliera e poi il sindaco Roberto Nava mi offrí l'incarico di assessora alla scuola. È stata una delle esperienze piú interessanti della mia vita e di ciò gli sarò sempre grata; è anche stata una grande responsabilità e un grande onore appartenere a quel gruppo umano con grande senso della comunità.
Quando ho visto che avevano organizzato questa iniziativa (Vanzago Coraggio) per portare intrattenimento a chi deve restare a casa, gli proposi di inviare il mio modesto contributo da oltre oceano (è la prima volta che mi registro per cui ero un po' nervosa...).
Volevo mandargli anche tutto il mio affetto in queste complicate circostanze.
Coraggio, Vanzago! Quiero agregar algo: mucha de la pasión por Borges se la debo a mi profesor del Instituto Eduardo Mallea, Osvaldo Beker. Antes de cursar Literatura con él (hace pocos años), ya había leído muchos textos de Borges, pero su pasión fue muy contagiosa. También recuerdo con mucho afecto a otro gran profesor que tuve en la Facultad de Humanidades en Montevideo, cuando yo tendría unos veinte años e iba a sus clases incluso casi sin dormir (eran los sábados a las 9 de la mañana...): Jorge Medina Vidal. Recuerdo en particular su análisis del cuento La intrusa: fue una maravilla. Si quieren más información acerca del pintor que elegí para ilustrar este artículo, Pedro Figari, les aconsejo visitar el siguiente link: Museo Pedro Figari en Montevideo