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sábado, 7 de octubre de 2017

¿Expertos o aprendices?

Un escritor experto busca, organiza y desarrolla ideas, evalúa y revisa, sabe adaptarse a diferentes contextos situacionales y tiene conciencia del lector. El aprendiz, en cambio,  rellena páginas con palabras, sin releer ni revisar nada. Eso es más o menos lo que cuenta Cassany en La cocina de la escritura que surge de algunas investigaciones realizadas en los años setenta.

Esa parte de la humanidad a la que pertenecemos (yo, que estoy escribiendo y vos que me estás leyendo), cree que desde la infancia sabe leer y escribir. Bueno, no es tan así… Si bien es cierto que sabemos descifrar un código, y lo usamos para comunicar por escrito con otras personas que lo comparten (los hispanohablantes, la maravillosa lengua española), no quiere decir que sepamos leer y escribir bien.

La escritura no es un proceso ordenado. Tenemos la suerte de contar con los procesadores de texto, que nos permiten borrar, insertar y organizar a medida que  escribimos o plasmamos en letras nuestras ideas. Vamos para adelante y para atrás, releemos,  cambiamos, tratamos de ponernos en los zapatos (o más bien en los ojos) del lector. Cuando terminamos de escribir llega la última etapa del proceso: la revisión y la corrección, que hacen la diferencia entre un texto legible y uno ilegible, entre uno comprensible, claro, agradable, y otro retorcido, oscuro, difícil y desagradable.

Sin embargo, parecería que perdemos tiempo si nos ocupamos de la relectura y la autocorrección, que debemos publicar o enviar enseguida (redes, celular, e-mail) lo que escribimos. La posibilidad de comunicación inmediata nos acelera. Pero ¿cuál es el apuro en realidad? A lo mejor deberíamos detenernos cada tanto y respirar un poco. Con nuestro texto adelante, leer de manera consciente y reflexiva, teniendo a nuestros hipotéticos lectores en la mira y tratando de colaborar con ellos. No seríamos expertos todavía, pero empezaríamos a salir de la categoría de aprendices.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Escribir bien y ser felices

¿Por qué es útil y necesario saber escribir bien?

En primer lugar, porque alguien que se siente seguro de sí mismo vive más feliz. Se enfrentará a una pantalla (lo del papel blanco ya es una antigüedad) sin temor y vivirá la experiencia de la escritura con placer, o por lo menos, sin dolor. En la vida laboral y personal tendrá que escribir con límite de caracteres, en páginas institucionales, chats, redes sociales, a organismos públicos, bancos, empresas, jefes, subalternos, colegas y clientes, en una infinidad de contextos y situaciones.

En segundo lugar, porque quien sabe cómo escribir tiene confianza en sí mismo y, por lo tanto, enfrenta la relación con el otro desde una posición de fortaleza y no de debilidad. Alguien que sabe escribir siente que su mensaje va a ser bien recibido, aun cuando tenga que quejarse o decir algo desagradable. Y si escribe un mensaje agradable y claro, predispondrá de manera positiva al lector y es más probable que este haga lo que le pide (si se trata de un pedido).


Sin embargo, ¿qué quiere decir que un texto sea “agradable”? Entre otras cosas, que el lector no detecte errores. Cuando se lee un texto con faltas de ortografía, hay algo que rechina, a veces hasta pueden surgir incontrolables sentimientos negativos de intolerancia y rabia. A lo mejor exagero, pero ¿a quién no le pasó? No seré la única a quien le dio bronca ver un cartel publicitario con un error de ortografía y pensar “con la plata que gastan en publicidad y la cantidad de gente que lo leyó, ¿será posible que nadie se haya dado cuenta?”.


Para escribir de manera agradable y clara hay que conocer las normas y ese conocimiento nos hace más libres. ¿Por qué? Porque si las conocemos y decidimos por algún motivo no respetarlas es una cosa: somos libres de elegir qué hacer; pero si no las respetamos porque las ignoramos, es otra cosa: no somos libres, no decidimos nada.


Veamos un ejemplo: la Real Academia recomienda limitar la cantidad de anglicismos y preferir los términos castizos: habría que decir “estacionamiento” en lugar de “parking”. Cada hablante, sin embargo, decide qué palabras en inglés incorpora a su español. A lo mejor, si no sabe muy bien cómo se pronuncian, prefiere evitarlas, para no hacer papelones. Se pregunta: "La palabra 'performance' ¿se pronuncia con acento en la 'o', en la 'a' o en la 'e'?". Ante la duda quizá prefiera “desempeño” o “rendimiento”. Pero si sabe muy bien inglés y le encanta alardear, tal vez prefiera el anglicismo. O decide pronunciarlo más o menos, sin exagerar una fonética perfecta, para no sonar demasiado esnob ni pedante. Todo el tiempo estamos haciendo ese tipo de elecciones cuando hablamos y cuando escribimos, sin darnos cuenta. Cada uno construye su propio idiolecto, su modo personal de usar la lengua.

Si aprendemos a escribir con desenvoltura, este proceso de elecciones lingüísticas será más consciente, más reflexivo. Y si podemos elegir, somos más libres. Y si somos más libres, somos más felices. Por eso es útil y necesario saber escribir bien.