miércoles, 2 de diciembre de 2020

LENGUAJE CLARO = DERECHO CIUDADANO

 


Puente Laguna Garzón, Uruguay

3:39 AM: Se me ocurrió una idea para el blog: ¡aleluya! No la voy a dejar escapar. Prendo la luz y cazo la notebook. Ella me recibe con una imagen que reconozco y un mensaje que dice algo así como “si el camino más corto es la línea recta, ¿por qué elegir la curva?” Se parece un poco a mi manera de pensar: difícilmente voy de A a B y chau. Para ir de A a B es frecuente que dé alguna vuelta… En consecuencia, cuando hablo o cuando escribo, también. Mi familia a veces me critica por eso y mis lectoras/es (ustedes ahora) me padecen: me disculpo.

Ah, sí, ya se me estaba por escapar mi idea para esta entrada del blog: lenguaje claro = derecho ciudadano. En realidad eran dos ideas, la otra era la siguiente: la sociedad actual es gerontofóbica. Veremos cómo me las ingenio para unir las ideas en algo más o menos coherente.

La manera más corta, en línea recta, es decir, lo que une a ambos temas es la idea de “derecho”, el derecho a entender, a saber, para poder actuar y moverse en el mundo actual. Lo de “ciudadano” debe entenderse justamente como sujeto de derechos y deberes en una comunidad, enmarcado en un concepto bien amplio de ciudadanía, o sea, en tanto y en cuanto se es ciudadana/o del mundo, habitante de este planeta.

Para tener una idea de la movida sobre el lenguaje claro comparto un par de links: http://lenguajeclaroargentina.gob.ar/9-pasos-para-planificar-la-estrategia-comunicativa-en-lenguaje-claro/ y https://comunicacionclara.com/docs/guia-comunicacion-clara-prodigioso-volcan.pdf

Justamente como habitantes del planeta recibimos todo el tiempo enormes cantidades de textos orales y escritos con información. Muchas veces se trata de textos escritos que nos interpelan para que interactuemos, como formularios en las apps, por ejemplo, en los que tenemos que llenar campos para seguir avanzando en una operación cualquiera.

Ayer, sin ir más lejos, tuve que hacer varios trámites (obviamente online, estamos en pandemia…) y me pasé un buen rato “conversando” con formularios interactivos para sacar distintos turnos. En algunos casos el formulario me pedía tantas informaciones para poder avanzar que al final me obligaba a “mentirle” y poner cualquier cosa cuando no tenía el dato que faltaba.

En otros casos, mi situación no entraba en ninguna de las categorías previstas (¡Ay, ay, ay! Esa maldita costumbre del pensamiento occidental de reducir todo a categorías, desde Linneo…). Y recurrir al chat para solicitar asistencia es absolutamente inútil.

[El chat automático es una burla para la inteligencia humana: las respuestas previstas nunca  contestaron mis preguntas y vuelven siempre, empecinadamente, a repetirme información inútil. Eso no es un chat, o conversación: es un insulto.]

Otro caso: el banco me sugiere desde hace meses que me pase al token. Ya me la veo venir: están por eliminar la tarjeta de coordenadas. OK, OK. No es que estuviera enamorada del plástico, pero odio que me obliguen a depender cada vez más de un celular: ¡un celular!, ¡un aparatito de morondanga! ¿Y si no tuviera celular? ¿No existiría? Por favor, no me contesten.

 

Ya tenía descargada la app del banco y alguna vez la había usado, aunque prefiero la compu, para no gastar mis cansados ojitos defectuosos (miopía, astigmatismo y… presbicia). Como hacía tiempo que no entraba en la app, la tuve que actualizar. OK. Ya está. Después pasé por el cajero y retiré el ticket con el “código de asociación”. Volví a casa y lo metí en el aparatito de morondanga con la clave nueva (otro capítulo para la tragitelenovela: las claves).

Íbamos bien y entré en la app con el token (¡Oh, my God! No soporto más hablar así…). Intenté operar para probarla. Chácate: no pude escribir la cifra, no me aparece el teclado. ¿Cómo c….. escribo la cifra? ¡xhsdbfoxdvnbjfjfiteiesjdjikbkc!!!

Igual, hace como dos semanas que tengo un turno en el banco por otra cosa que solo se puede resolver de manera presencial, así que iré con mi cachivache electrónico, mi apéndice obligado, a ver si algún ser humano me ayuda a resolver el problema.

Entonces pienso: ¿cómo corno haría/hará una anciana sola o un anciano solo para moverse en este mundo? ¿Cómo hace con los formularios interactivos? ¿Cómo hace con las apps del celu? ¿Y si no tiene un smartphone? ¿No puede hacer una transferencia bancaria, por ejemplo?

Conclusión: los bancos son gerontofóbicos. Ergo, si nuestras sociedades les permiten a los bancos que sean gerontofóbicos, nuestras sociedades son gerontofóbicas.

¿Y lo del lenguaje claro como derecho ciudadano? ¿Qué tiene que ver? Tiene, tiene. Todos los formularios y las apps deberían estar escritos de una manera ultrarecontramegaclara para que cualquier persona pudiera entenderlos. Todos los textos que provienen de instituciones públicas y de empresas privadas deberían ser superultraclaros y, en lo posible, no contener errores de lengua.

Sin embargo, ¿no les ha pasado que leen cualquier texto y piensan “¡¿qué quiere decir esto?!”? Yo a veces tengo que volver a leer la misma oración varias veces, mientras crecen en mí la perplejidad y la impotencia. No está bueno. A veces es causa de insomnio, ejem...

Para mí la cosa es así: si me vas a obligar a interactuar, tengo que poder entender lo que me decís. Es un principio básico de la comunicación: como destinataria del mensaje tengo que poder entenderlo ¿está claro? ¿ESTÁ CLARO???

Porque si no está claro, si el lenguaje no es claro, estás atentando contra mi derecho a entender para poder actuar. Esa segunda persona a la que me dirijo engloba a todos los seres animados que están detrás de todos los mensajes y textos que recibo como ciudadana, consumidora y usuaria todos los días. Esa segunda persona son los creadores de contenido, los publicistas, los dirigentes, los decisores, los diagramadores, los diseñadores, los programadores, los gerentes y aínda mais. Y uso el masculino genérico a propósito, porque en las instancias decisionales todavía la mayoría son hombres.

Por
 todo esto 
y mucho más,
hago un “llamado a la acción”:

¡Exijamos ENTENDER!

¡Exijamos un LENGUAJE CLARO! 



Defendamos, además, el derecho de nuestras viejas o viejos a HABLAR con alguien para resolver un problema. 
Defendamos también el derecho a vivir en este planeta sin celular. Miren que todes vamos a ser viejes, si llegamos. Y si no hacemos nada ahora, la vamos a pasar muy mal cuando nos toque.

APÉNDICE: Hablemos claro: ¡menos mal que se está terminando este año podrido! Festejemos que se termina 👏👏👏. En mi cartita para Papá Noel voy a pedirle que el 2021 traiga menos virus, más justicia social y de género, y, last but not least, más lenguaje claro 😉

BONUS TRACK 1 (porque sí nomás):

https://youtu.be/pkrBuW8TKGg El tango “Nostalgia” en la voz de la canaria Concha Buika, con orígenes ecuatoguineanos. ¿Sabían que en Guinea Ecuatorial también se habla español?

BONUS TRACK 2 (perché mi piace): https://vimeo.com/207932717 Un tangazo de Piazzolla en la voz de Mina, en vivo, en 1972.







viernes, 25 de septiembre de 2020

La fiesta de la traducción

 

Petrona Viera, foto propia LM, tomada en la exposición del Museo de Bellas Artes de Montevideo, 2020

La celebración del mes de la traducción esta vez será sin juntadas físicas entre colegas, en medio de esta situación tan surrealista a la que ya nos hemos ido acostumbrando, más o menos.

Es el mes de la traducción porque el 30 de setiembre —como decimos en Uruguay, o septiembre, como se llama este mes en otras áreas hispanohablantes— se conmemora el día de quienes nos dedicamos a esta fantástica actividad. No voy a hacer el cuento de San Gerónimo y blabla porque no viene al caso.

Para celebrar la traducción, en este año tan atípico, se me ocurrió resaltar esas antenitas paradas que tenemos las traductoras (sorry, men: somos mayoría, así que uso el femenino genérico) para detectar cambios y alteraciones en las lenguas, esos oídos 👂aguzados para captar inflexiones y matices, ese olfato 👃 fino para percibir intenciones y connotaciones, y ese tacto sutil que desarrollamos para tratar a las lenguas con respeto y amor 💛.

Como observadora de los vericuetos de las lenguas (obse, o nerd, bah) últimamente noté algunos rasgos de sexismo en las lenguas que habito y me habitan, por lo tanto, en los hábitos de pensamiento de las personas que las hablamos. Porque atrás de las palabras hay maneras de pensar que ni nos damos cuenta que tenemos.

Y aquí va la anécdota de algo que me pasó este año en una clase de español para extranjeres.

Cuando todavía había clases presenciales, poco antes de la pandemia, les propuse a mis estudiantes universitaries italianes un conocido juego. Tenían que elegir un personaje real o de ficción, de cualquier género y época, y escribirlo en un papelito. Recogí los papelitos, los mezclé y le entregué uno a cada estudiante, que se lo tenía que pegar en la frente sin mirar lo que estaba escrito, de manera tal que solo los demás pudieran leerlo. Cada estudiante tenía que tratar de adivinar su propio personaje haciendo preguntas hasta que le respondieran “no”; en ese momento quien estaba a su lado empezaba su turno de preguntas.

El grupo era mixto y parejo, mitad chicas y mitad chicos, pero los personajes elegidos fueron todos de género masculino, salvo Bob Esponja, que no se sabe bien a qué género pertenece (o por lo menos hay interpretaciones acerca de la indefinición genérica del personaje en términos binarios).

Habían elegido los siguientes personajes: el Papa Francisco, un par de políticos italianos: Luigi Di Maio y Silvio Berlusconi, Bob Esponja, King Kong, un profesor de les estudiantes durante ese semestre, Maradona y Cristiano Ronaldo.

Cuando me di cuenta de que los personajes que habían elegido eran hombres ♂ (+ Bob Esponja), me quedé pens­­ando 🤔.

Hacía poco, en mis vacaciones de verano, había jugado con mi hija y unos amigos a ese juego. Recordé que yo había tratado de elegir personajes femeninos, pero me había costado bastante, sobre todo si, además, quería seleccionar una mujer del pasado, que no fuera de Europa o Estados Unidos, digamos sudamericana. Si elegía a una poeta, por ejemplo, seguramente no sería tan famosa fuera de las fronteras y tal vez (y solo tal vez) fuera conocida en su propio país por alguna calle con su nombre. Con pintoras, médicas o maestras pasaría lo mismo. ¿Nunca les pasó?

En nuestros jóvenes países sudamericanos hay calles y plazas con nombres de un montón de militares, presidentes o ministros, poquísimos científicos, y menos docentes, aunque sean hombres. Ahí se agrega otro factor al combo: la profesión

Cuando hacía poco que vivía en Buenos Aires, un día me tomé un subte que pasó por una estación que se llamaba “Mtro. Carranza”. Ingenuamente pensé con un poco de envidia uruguaya: “¡Qué evolucionados y progresistas los argentinos! Reconocen la labor de un maestro dándole su nombre a una estación de subte”. Estaba equivocada, “mtro.” es la abreviatura de “ministro” y no de “maestro” (¡gran decepción!). Es más, dudo que haya alguna estación que lleve el nombre de un maestro y mucho menos de una maestra.

Si agregamos otro filtro, como el color de piel oscuro, no hay que molestarse en buscar personajes históricos famosos, tampoco ahora hay tantos que ocupen cargos de poder en cualquier ámbito: CEO de empresa importante, ministro, director de medio de prensa, etc. Ni que hablar de la combinación mujer y color-de-piel-oscuro. La combinación de varios de esos filtros, como género, proveniencia, profesión y color de piel, es un cóctel que no falla.

En mi casa circulaba un chiste. Si había un personaje de ficción desgraciado y perseguido por ser negro, por ejemplo, u homosexual, se decía “lo único que le faltaba era ser judío y comunista”. Si sabemos leer con atención, las toponimias y los chistes dicen mucho más de lo que creemos sobre nuestras sociedades.

Pero las sociedades, como las personas y las lenguas, están cambiando todo el tiempo. Y quienes trabajamos con las lenguas tenemos que prestar atención a esos cambios permanentes (¡qué oxímoron maravilloso!).

Hace unos diez años, cuando vivía en Italia, me eligieron concejal en las elecciones municipales y el intendente me nombró algo así como “directora del departamento escolar”. Quienes asumíamos los nuevos cargos teníamos que hacernos las tarjetitas personales y cuando me pidieron que escribiera mi nombre y el texto que iría debajo, yo puse “assessore alla scuola”, era lo que me parecía haber visto y escuchado, aunque ese cargo lo ocupara una mujer. Claro que dudé, ¿será “assessore” o “assessora”? Pregunté a algunos nativos italianos y confirmé “assessore”. Esa decisión fue el resultado de mi complejo de inferioridad por ser mujer-inmigrante-extracomunitaria-del-tercer-mundo-etc. Hoy no habría dudado en poner “assessora”.

Con relación a este tema, una alumna hace poco me mandó este link a una charla TED de la lingüista Vera Gheno: Il potere delle parole giuste (dura unos 16 minutos).

Después de eso, una amiga que tiene un club de lectura me preguntó si no tenía cuentos en español de escritoras o escritores de países y lenguas distantes, “qué se yo, iraníes…”, me dijo. Le contesté: “No sabe cuánto lamento no poder darle indicaciones de cuentos del universo que hay más allá de la hegemonía, porque justamente por eso, por estar en las periferias del eje, no se conocen (o por lo menos yo no los conozco). Lamento defraudarla: es mucho más lo que desconozco y me gustaría conocer que lo que conozco porque es lo que encuentro en la vuelta." 

Es que con frecuencia solo vemos lo que está en el centro, no lo que está en el margen; a menudo les negres, les indies, les que provienen de otros países marginales como el nuestro y no de EE. UU. o Europa, las mujeres, etc., son invisibles y también son invisibilizades por nuestra lengua y nuestros hábitos de pensamiento colonizados.

Por eso hoy y siempre celebro la traducción. Auguro mucha más traducción, de muchas más lenguas y no solo de las hegemónicas. Celebro cada día mi actividad profesional en la dirección del respeto y la valoración de todas las diversidades. Y agradezco la enorme fortuna de haber podido entrar en otros mundos a través de otras lenguas.

¡Feliz día! ¡Feliz mes! ¡Feliz fiesta de la traducción! 🍷🎉🌈

martes, 4 de agosto de 2020

Traducir emociones

Mural de Rep en Mar del Plata. Foto Errecalde.

Hoy voy a contar algo de mi experiencia como profesora de español para extranjeros y divagar acerca del valor de una buena puteada.

Me encanta compartir un poquito de Borges con mis estudiantes universitaries italianes[1]. Cuando empiezan el curso de español, la mayoría no sabe nada de nada. Tengo que llevarles de un nivel cero, o casi, a un nivel intermedio (B1) en 60 horas, con clases de varias horas por día, al principio todos los días.

Visita a Palacio San Martín, febrero 2020. Foto propia LM

Claro, no les doy Borges en las primeras clases, sino cuando ya hace unas semanas que nos conocemos y después de haberles expuesto a materiales auténticos desde el primer día. También les hablo de una de las palabras más importantes para su vida en Buenos Aires: “boludo”. Para entrar en tema suelo mostrarles este videíto de Dustin Luke:



Eso es lo que tienen los cursos tan intensivos, son muuuy intensos tanto para les estudiantes como para mí. Se genera una atmósfera, circula una energía, nos divertimos (o al menos eso intento), hay emociones.

Volviendo a Borges, después de un par de semanas de clase les doy “La trama”.

La Trama

Jorge Luis Borges

Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de la estatua por lo impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: ¡Tú también, hijo mío! Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.

Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): ¡Pero, che! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.

En cada hoja A4 entra tres veces el cuento entero, así que recorto y reparto. Les aviso que les doy un cuento muy largo de Borges (a esa altura ya conocen mi gusto por la ironía). Después de haberlo leído, ellos en silencio y yo en voz alta, les digo: “Ahora ya pueden decir que leyeron a Borges en español”.

Tenemos esa maravilla de dos párrafos, que es muy significativa para cualquier lectora o lector italiane porque hay una enciclopedia compartida: la historia de la traición a Julio César, y el archifamoso “Tu quoque, Brute, fili mi?”,  que Borges hace viajar de Roma a España con Quevedo y a Gran Bretaña con Shakespeare, para hacerlo finalmente desembarcar en la pampa argentina.

Los contenidos culturales que se disparan en esos dos párrafos son múltiples. Tenemos, además, el tópico de la historia circular, uno de los ejes borgeanos que más me fascinan (¡gracias, Osvaldo Beker, profe de literatura del Instituto Mallea!). El tema se prestaría para escuchar a les chiques filosofar, si el curso no fuera tan intensivo y tuviéramos más tiempo. Sin embargo no importa: doy por sentado que una parte del grupo se va a quedar pensando y eso nunca tiene contraindicaciones.

Uno de los disparadores del cuento es esa genialidad: “¡Pero, che!”. A esa altura, en el curso ya hablé de la interjección “che”, del personaje histórico Che Guevara, de películas acerca del personaje, etc.

En la vereda de la esquina de Aráoz y Guatemala, BA. Foto propia LM

Entonces, como quien no quiere la cosa, podemos intentar resolver el gran desafío de la traducción de esas dos palabritas. Si tuviéramos más tiempo se desatarían cuestiones que van mucho más allá de lo estrictamente lingüístico. ¿Cómo traducir emociones? ¿Cómo lograr un efecto similar en otras lenguas? ¿Cómo encontrar un equivalente que esté en el mismo nivel, ni más arriba ni más abajo en la escala? ¿Cómo mantener el tono coloquial sin neutralizar? ¿Qué variedad lingüística elegir en la lengua de llegada? De cualquier manera, no es tan importante llegar a la mejor traducción, lo más interesante sería pensar en grupo las diferentes soluciones.

A Borges le gustaban los enigmasdecía que eran más interesantes los enigmas que las explicaciones. Un enigma significa que no hay una única respuesta o por lo menos no podemos conocerla. Tanto la docencia como la traducción están llenas de enigmas y en ambas es más interesante el recorrido que la meta

En la traducción al italiano de las obras completas de Borges, publicada por Mondadori, se incluye la traducción de Francesco Tentori Montalto (con autorización de Rizzoli Editore). El traductor opta por “Come, tu!”. El diccionario Treccani propone “Che! ti pare?” http://www.treccani.it/vocabolario/che3/. Otra posibilidad sería “Ehi!” para el “¡Che!”. 

Lo que tienen en común los insultos, los epítetos y las interjecciones es que son una manera saludable de soltar una emoción, de liberarla. Eso afirmaba el profesor Guillermo Badenes (Universidad de Córdoba, Argentina) en una muy entretenida charla virtual a la que asistí el 12 de junio de 2020 acerca de la dificultad para traducir “Insultos, refranes y demás frases hechas” (tal era el título de la charla).

El profesor Badenes elaboró una clasificación de epítetos según su intensidad. La lista graduada, en español, colocaba en primer lugar a los tabúes (vulgaridades, lenguaje de odio hacia algún grupo humano o términos escatológicos, es decir, referidos a cualquier emanación del cuerpo). Seguían las obscenidades, referidas a partes del cuerpo, la jerga o el slang, los apelativos, los homofónicos y los religiosos. 

En cada lengua el orden de la clasificación es diferente. Por ejemplo, en inglés, el orden sería el siguiente: taboo (vulgarity, sexually offensive, ethnic/sexual/health condition, escatology), obscenity (algo que afecta el decoro y la moral), blasphemy, profanity, sound-alikes, name-calling y slang.

Como los niveles no se corresponden entre español e inglés, el nivel de intensidad de blasphemy/profanity es mucho más grave en inglés que el de los epítetos religiosos en español. Así, OMG (“Oh, my God!”) es más fuerte que “¡Dios mío!”. Esa expresión en inglés se correspondería más con el nivel de las obscenidades o la jerga: “mierda”, “carajo”. Pero en la traducción hay que compensar de alguna manera esa diferencia entre blasphemy y profanity. Profanity implica la indiferencia o la negación de la religión. Cuando decimos OMG estamos incumpliendo el mandamiento “no usarás el nombre de Dios en vano”; la blasfemia, en cambio, es un insulto a algo religioso. Un ejemplo en inglés sería “Fuck in hell!”, y en italiano “Porca Madonna!”. 

Badenes contaba que en EE. UU. hay una línea divisoria muy clara entre lo que es más grave (de blashemy para arriba en la lista) y lo que es menos grave (de profanity para abajo). Dicho de otra manera, los insultos que están de blasphemy para arriba en la clasificación, no están permitidos en la TV, de profanity para abajo, sí. [En el siguiente link se nos ilustra acerca de este vital asunto en Gran Bretaña: artículo de The Independent 2016 sobre insultos. El término"watershed", que aparece en el artículo, sería nuestro "horario de protección a la infancia".]

En traducción se trata de buscar categorías equivalentes, lo que no es nada fácil, porque además de los aspectos semántico y pragmático, cada variedad lingüística tiene una entonación particular y cada persona tiene su manera de pronunciar, su acento, su cantito individual. El narrador mismo del cuento de Borges señala la insuficiencia de la palabra escrita: “(esas palabras hay que oírlas, no leerlas)”. [Y ahí podríamos abrir todo otro capítulo sobre el pícaro uso de ese signo tipográfico auxiliar, los paréntesis curvos, esas guiñadas de complicidad manejadas con maestría, y la alusión al Martín Fierro, en la intricada red de intertextualidad típica de los textos borgeanos.]

Volviendo a mis clases de español, antes de presentarles a mis estudiantes “La trama”, ya me  enfrento al problema de la entonación. ¿Será mejor que lean el microrrelato en silencio, individualmente, antes de la lectura colectiva? ¿O arrancar leyendo yo en voz alta para que presten atención a la pronunciación y a la entonación? Cuando lo leo en voz alta y llego a esas dos palabras: “¡Pero, che!”, siento una responsabilidad abrumadora al intentar darles la entonación adecuada. Por unos segundos prácticamente me tengo que transformar en una actriz, venciendo mi timidez. Hago lo que puedo; espero que Georgie, si me escucha desde su infinito laberinto, me tenga piedad.

Todo eso en dos palabritas…

En mi recorrido por la traducción y la docencia descubrí algo: una de las enseñanzas más valoradas por cualquiera que aprenda otra lengua es una buena puteada. Porque no hay nada más sano y reconfortante que poder decir el insulto justo en el momento justo, en cualquier idioma.



[1] Empecé a escribir esta entrada con el masculino genérico: la verdad es que me cuesta usar la “e” inclusiva... Sin embargo,  al releer los primeros dos párrafos recordé que ya en las primeras clases les hablo sobre la movida de la “e” en Argentina. A mí me cuesta incorporarla, pero cada tanto les digo “chiques” y veo sonrisas en sus caras, me piden que la use, sobre todo las chicas: son sonrisas de complicidad y solidaridad. Entonces en honor a esas sonrisas corregí los primeros párrafos y decidí seguir con la “e”, aunque me cueste y se me critique por tal osadía.


domingo, 19 de abril de 2020

Leer Borges en italiano en tiempos de coronavirus

Pedro Figari (Montevideo 1861-1938), Pampa, Museo de Bellas Artes de Buenos Aires
Aquí van los links de los videítos que les mandé a mis exvecinas y exvecinos de Vanzago, con la lectura en español y en italiano del cuento El cautivo, de Borges; más adelante una explicación del contexto de esta lectura: 
Leonora legge El cautivo de Borges parte 1

Mi pueblo en Italia se llama Vanzago. Tiene alrededor de 9000 habitantes. Está en la Provincia de Milán, en la Lombardía, en una de las zonas que más está sufriendo.
Al poco tiempo de llegar al pueblo, los vanzagueses y las vanzaguesas me "adoptaron" y me propusieron que integrara una lista para las elecciones municipales. Me eligieron "consigliere comunale" (concejala o edila) y después el intendente Roberto Nava me ofreció ser "assessora alla scuola" (algo así como directora del departamento escolar del pequeño municipio). Fue una de las experiencias más interesantes de mi vida y por eso les estaré siempre agradecida; también fue una gran responsabilidad y un gran honor pertenecer a ese equipo humano con gran sentido de comunidad.
Cuando vi en facebook que habían organizado esta iniciativa (Vanzago Coraggio) para llevar entretenimiento a quienes se tienen que quedar en casa, les ofrecí mandarles mi modesta contribución desde este lado del océano (es la primera vez que me filmo, así que estaba medio nerviosa...).
Quería mandarles también todo mi afecto en estas circunstancias complicadas.
Coraggio, Vanzago!
Il mio paese in Italia si chiama Vanzago. Ha circa 9000 abitanti. Si trova nella Provincia di Milano, in Lombardia, in una delle zone piú colpite.
Poco dopo il mio atterraggio nel paese, i vanzaghesi e le vanzaghesi mi "adottarono" e mi proposero di far parte di una list civica per le elezioni comunali. Sono stata eletta consigliera e poi il sindaco Roberto Nava mi offrí l'incarico di assessora alla scuola. È stata una delle esperienze piú interessanti della mia vita e di ciò gli sarò sempre grata; è anche stata una grande responsabilità e un grande onore appartenere a quel gruppo umano con grande senso della comunità.
Quando ho visto che avevano organizzato questa iniziativa (Vanzago Coraggio) per portare intrattenimento a chi deve restare a casa, gli proposi di inviare il mio modesto contributo da oltre oceano (è la prima volta che mi registro per cui ero un po' nervosa...).
Volevo mandargli anche tutto il mio affetto in queste complicate circostanze.
Coraggio, Vanzago!

Quiero agregar algo: mucha de la pasión por Borges se la debo a mi profesor del Instituto Eduardo Mallea, Osvaldo Beker. Antes de cursar Literatura con él (hace pocos años), ya había leído muchos textos de Borges, pero su pasión fue muy contagiosa. También recuerdo con mucho afecto a otro gran profesor que tuve en la Facultad de Humanidades en Montevideo, cuando yo tendría unos veinte años e iba a sus clases incluso casi sin dormir (eran los sábados a las 9 de la mañana...): Jorge Medina Vidal. Recuerdo en particular su análisis del cuento La intrusa: fue una maravilla.
Si quieren más información acerca del pintor que elegí para ilustrar este artículo, Pedro Figari, les aconsejo visitar el siguiente link: Museo Pedro Figari en Montevideo

miércoles, 1 de abril de 2020

Parar un tsunami con el diccionario

La gran ola de Kanagawa, Kasushika Hokusai, entre 1830 y 1833

Fresquito, recién salido del horno, el último número de puntoycoma, el Boletín de los traductores españoles de las instituciones de la Unión Europea, con el artículo que escribimos a cuatro manos con mi gran amiga y colega Beatriz Sosa Martínez, compañera de facultad allá por los lejanos años ochenta, en la Universidad de la República, en Montevideo.

En el artículo reflexionamos acerca del lenguaje inclusivo y de las múltiples estrategias que tenemos quienes hablamos español, y en particular quienes traducimos, para evitar un uso sexista y discriminatorio del idioma.